Estaría muy bien, Standstill.

Hay cosas que no entiendo. Por ejemplo, que Standstill desapareciera indefinidamente de la faz de la música. Pero claro, seguro que hubo mil motivos para hacerlo que nosotros ni alcanzamos a vislumbrar.

Pero no hemos venido aquí a ponernos tristes. Es imposible hacerlo con estas bestias presentes. Esta es de las pocas veces que la pantalla se queda corta para comunicar lo que transmite Standstill. Podríamos hablar de ‘Adelante, Bonaparte‘, ‘Poema Nº 3’, ‘La Casa de las Ventanas’, ‘La Canción Sin Fin (III)’, ‘La Mirada de los Mil Metros’… Todas tienen un cachito de genialidad, un trocito de magia, un sentido profundo y una explicación que se escapa de los acordes y voces para posarse encima de tu cabeza para toda la vida. Es una novela con ritmo. Son dos amigos que se encuentran después de mucho tiempo y se cuentan su vida. No hay palabras para definir Standstill.

Estaría muy bien inventar un plan para volver a veros. Adelante.

Teoría psicológica del barro, por Tulsa.

¿Qué pasa cuando llevas casi una semana escuchando a Natos y Waor y Los Chikos del Maíz? Que haces un giro de 180º y vas directo a por Tulsa. Del barro al barro, supongo.

Tulsa Llegó a mis oídos con ‘Seguramente me lo merezco’, frase con la que estoy en desacuerdo. Casi nunca tenemos lo que merecemos y menos cuando descubro que Tulsa lleva tanto tiempo en activo y les conocí hace tan poco. Mea culpa, en todo caso. Miren Iza, esa bruja de la voz que aúna talento musical y pasión por la psicología, consigue entrar en nuestras mentes de una forma que es posible que no te enseñen en la facultad: con la música. A través de una voz que entra sola, de unos acordes de guitarra que acompañan, no te llevan. Te obligan a entrar sin querer, te hipnotizan sin querer. Se instala en los suburbios del corazón. Habla de amor sin flores, de romper sin colores, de suciedad y pureza. De ‘Calma Chicha’ que levanta la tempestad de cualquier mente abierta.

‘Ay’, si todo fuera como ella.

La lucha de clases musicales de Los Chikos del Maíz

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Como ya dije en el anterior post sobre Natos y Waor, “no hay mejor estudio sociológico que la música y no hay mejor muestra que un concierto”. Ahora con Los Chikos del Maíz la teoría se refuerza. Para todos aquellos columnistas, opinólogos, creadores de opinión en la tele y señores de bar, un concierto es la mejor toma de referencia.

El pasado 2016, el año negro de la música, Los Chikos del Maíz se despidieron de los escenarios. Una noche más sacaron las lenguas a relucir aunque al día siguiente se separaran, como Yugoslavia. La sala But se engalanó de nuevo dos días después de recibir a Natos y Waor que, vistos  a ambos dúos, están separados por miles de acordes. Bandera suiza en mano, Toni y Nega brillaron bajo una de las últimas noches de Madrid. Todo era tan idílico, tan verosímil, que no podía salir mal. Un público entregado, un fin de año negro, gente VIP acompañado y una misión: recordar que el miedo va a cambiar de bando. El duo valenciano sacó a relucir todos sus temas que les ha llevado durante once años a recorrer España, cerrando con ‘Un bolero en Berlín’, posterior a un pogo multitudinario y consignas políticas por doquier. Era la fiesta de Los Chikos del Maíz.

Y es que esto de la música reúne a todo tipo de personas, de diversa edad, situación y condición. Igual que el miércoles encontrábamos a un audiencia joven y de extrarradio, el viernes vimos palestinos, camisetas y banderas. Era la reivindicación de una forma de pensar y actuar. Juan Carlos Monedero, actor político relacionado con Podemos, saltaba al ritmo de ‘La estanquera de Saigon’; Facu Díaz gritaba intentando aparecer a ‘Los invisibles’. Todo aquel día estaba politizado, incluso el personal de seguridad, denunciado al poner trabas a la entrada de una bandera catalana.

Los Chikos del Maíz han sido, son y serán un ente revolucionario, un agitador de masas, unos acordes incómodos para unos y celebrados por otro, pero nunca, nunca serán portada de MondoSonoro. Pero sí de Píldoras Musicales durante un ratito.

Música. Y punto.

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